El caso del Río Klamath: Un llamado de atención para la Patagonia chilena

Por Juanita Ringeling para Ladera Sur.

Una melodía reiterativa de voces femeninas se esparcía por el río traídas por la brisa del mar, al cual estábamos prontos a llegar. Una neblina baja cubría suavemente el Klamath y las tres canoas Yurok, que encabezaban nuestro grupo, parecían mensajeros fantasmas. El 29 de julio fue la culminación de un intercambio de tres semanas entre jóvenes patagones y norteamericanos. Yo me sumé a los dos últimos días de esta travesía río abajo. Y remo en mano junto a una decena de balsas y más de 20 kayaks coronados con consignas y ojos expectantes arribamos a Requa (pueblo en la desembocadura del Klamath).

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Me bastaron esos dos días para entender la importancia de este programa impulsado por “Ríos To Rivers (en colaboración con Warrior Institute, Ancestral Guard y Klamath RiverKeeper).  Su director, el kayakista estadounidense Weston Boyles -quien reside en Puerto Guadal, en la región de Aysén-, comenta que “esta organización fue fundada para capacitar y educar a los jóvenes en el cuidado de los ríos, con el fin de proteger ecosistemas prístinos y aportar al resguardo de lugares degradados, tanto en la Patagonia como en EEUU”.

27 jóvenes; 10 patagones y 17 norteamericanos recorrieron más de 160 Km del Río Klamath (que inicia su curso en Oregón y desemboca en California), una travesía que les permitió corroborar, que a pesar de las barreras del idioma y de la aparente brecha cultural, tienen muchas cosas en común.

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Los jóvenes chilenos, de Cochrane y Tortel, han crecido en un férreo vínculo con el Baker; los estadounidenses, provenientes mayoritariamente de pueblos nativos, han habitado en la cuenca de Klamath desde hace milenios. Ambos grupos han vivido íntimamente ligados a sus ríos, al ecosistema creado por éstos y a la forma de vida que sustenta el correr de sus aguas. Ambos también, luchan por preservar las aguas libres, limpias y sanas

Pero al contrario del rio Baker, el más prístino y caudaloso de Chile, el río Klamath y su cuenca han sido depredadas por más de 100 años. Seis represas desvían, entrecortan y manipulan sus aguas, generado un severo daño al hábitat circundante y a los pueblos de su cuenca.

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Y creo que es eso lo que precisamente reconocieron los jóvenes Chilenos, como me comentó Diego Delgado de Cochrane: “En la Patagonia, donde vivimos, aún no pasan o no han pasado estas cosas, no hay represas y nuestros ríos están limpios y llenos de vida y el agua se puede beber donde sea, antes de venir aquí no sabía la suerte que tenemos de vivir en ese pequeño paraíso. Este viaje nos ha servido mucho para aprender y valorar lo que tenemos”.

Pero todos sabemos que la amenaza sigue presente, aunque distintas iniciativas privadas han sido rechazadas, la presión de construir represas sigue latente y la región de Aysén, considerada como uno de los últimos reductos del planeta donde la naturaleza se mantiene en su estado más salvaje, vuelve a exponerse a la idea de un desarrollo no sustentable, basado en la extracción y mutilación de sus recursos.

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Entre fogones, visitas a los embalses, mantequilla de maní, ponencias de biólogos especializados en peces y algas, mates, mímicas e intercambios de bailes y canciones, la paradoja de la historia de estos ríos comenzó a hacerse evidente para los jóvenes y hoy para mí.

Y es que el Río Klamath no fue elegido al azar para este programa; esta cuenca está experimentando una de las transformaciones más revolucionarias de la historia de EEUU; el 2020 está planificado desmantelar cuatro de las seis represas, precisamente porque el costo medioambiental que producen es extremadamente más alto que la energía generada.

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De hecho, actualmente en Estados Unidos, se remueven más represas de las que son construidas debido, principalmente, al creciente reconocimiento del elevado costo social y medioambiental que producen.

Y entonces surge la pregunta obvia: ¿Por qué a un lado del mundo continuamos construyendo represas mientras que en el otro éstas se están desmantelando?

Mientras navegamos John Luke Gensaw (19 años), perteneciente a la tribu Yurok, me dice: "Si pudiera subir a una máquina del tiempo, definitivamente volvería atrás y lucharía para que mi río no fuera destruido. Los ríos donde viven los compañeros chilenos todavía no han sido destruidos. Tengo la oportunidad de luchar junto a ellos y ayudarles a tratar de no repetir los mismos errores."

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Y es verdad, pero nosotros no necesitamos una máquina del tiempo para saber los estragos que producirían las mega represas en nuestra Patagonia, es simple, como dice John, debemos no repetir los mismos errores. Y sí, tenemos la oportunidad de luchar por ellos: yo me uno a la lucha del Baker, del Futaleufú, del Puelo y de tantos otros tesoros chilenos que están amenazados. Hoy, tenemos los conocimientos y tecnología para generar energía eléctrica de otras formas. Y dejar que estos magníficos proveedores de vida corran libres hasta el mar, para seguir protegiéndonos de los estragos que los seres humanos cometemos en nombre del mal entendido “progreso”.

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Fuente: www.laderasur.cl

Texto y fotos: Juanita Ringeling

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